El poder elegir o decidir pareciera ser la manifestación más clara de la libertad; nada pareciera darnos más libertad que sentir tener el destino en nuestras manos, por lo menos en cuanto a lo que nosotros mismos se refiere.
Pero la libertad, la elección, la decisión, también son un modo de condena: condena a lo incierto, a esa incertidumbre de no saber si estamos o no en lo correcto; condena a ser conscientes de lo desolado que puede ser el futuro (aunque no por ello desolador).
Por supuesto que las elecciones y decisiones no son irreversibles, inmodificables; siempre queda la posibilidad de un nuevo comienzo; pero allí nuevamente debe haber una elección, una decisión.
Y en cuanto a la libertad quizá sólo podamos decir que hay libertades más libre que otras, algunas más buscables, algunas más temibles.
No pretendo inquirir en los límites o los alcances de la libertad, la elección o la decisión; hoy me conformo incluso con ser engañado con esto, con que el más ínfimo de los instantes me haya pertenecido; porque a veces sólo basta un instante para que nuestras vidas se definan.
No es nada fácil precisar cuál es una elección o decisión determinante, porque para ello deberíamos poder precisar todas y cada una de las consecuencias, idea que me resulta un tanto inconcebible. Incluso me resulta un tanto inconcebible poder determinar consecuencias retrospectivamente: ¿dónde fijar el fin de una consecuencia, incluso en situaciones extremas o desgraciadas?
Nuestra convicción debe guiarnos, pero debemos estar atentos a que en este afán de guiar no nos haga perder.
martes, septiembre 11, 2007
martes, agosto 28, 2007
Acerca de la filosofía
¿Para qué servirá la filosofía?, ¿sólo para dejarnos algunas frases ingeniosas o relatos de ensueños que se entrelazan a lo real?, ¿sólo para cuestionar y dudar de hasta nuestros cuestionamientos y dudas?
¿Es la filosofía una condena? ¿Refleja o puede acercarse a la verdad (si es que la hay), o es tan sólo su perspectiva una paradoja que le es inherente?
La filosofía nos invita e insita al pensamiento, ¿pero cuál es el límite de este?, ¿hasta dónde puede llegar?, ¿cómo saber que no se ha pasado?
¿Será la filosofía el intento de explicitar una realidad que nos subyace? ¿Cuánto de lo encontrado no será sólo producto de lo buscado? ¿Seremos nosotros mismos filosofía?, ¿quién hace o constituye a quién?
Pero antes de todo: ¿qué es la filosofía?, ¿es sólo algo?, ¿lo es todo?, ¿será nada? ¿Y qué será lo demás?, ¿puede haber demás?
¿Es la pregunta filosófica su misma respuesta, quizá la única posible?, ¿se buscan respuestas?, ¿hasta dónde se las puede conservar?
¿Es la filosofía una condena? ¿Refleja o puede acercarse a la verdad (si es que la hay), o es tan sólo su perspectiva una paradoja que le es inherente?
La filosofía nos invita e insita al pensamiento, ¿pero cuál es el límite de este?, ¿hasta dónde puede llegar?, ¿cómo saber que no se ha pasado?
¿Será la filosofía el intento de explicitar una realidad que nos subyace? ¿Cuánto de lo encontrado no será sólo producto de lo buscado? ¿Seremos nosotros mismos filosofía?, ¿quién hace o constituye a quién?
Pero antes de todo: ¿qué es la filosofía?, ¿es sólo algo?, ¿lo es todo?, ¿será nada? ¿Y qué será lo demás?, ¿puede haber demás?
¿Es la pregunta filosófica su misma respuesta, quizá la única posible?, ¿se buscan respuestas?, ¿hasta dónde se las puede conservar?
miércoles, agosto 08, 2007
Acerca de ser uno mismo
¿Qué es ser uno mismo? ¿Se nos es posible salirnos del mundo para no estar influenciado por este y de esta manera ser nosotros?
¿Se es uno mismo mientras somos con los demás? ¿Hasta qué punto los demás también nos hacen, nos constituyen?
¿Ser uno mismo es solamente escucharnos a nosotros? ¿Dejamos de ser nosotros por escuchar a los demás?
Todo interrogante invita a una respuesta, pero no todo respuesta debe ser extrema, única, sin más posibilidades que ella misma. A veces lo mejor posición adoptada es aquella que no se define, aquella que siempre queda abierta a una nueva variante, a una nueva posibilidad.
En nuestra búsqueda de ser uno mismo, mucho hay para aceptar, aunque también para rechazar.
Ser uno mismo es una equilibrada rebelión, un equilibrado y constante desafío, ser uno es un inconmensurable arte.
Ser uno es la voz que no se impone, pero tampoco calla, hallar libertad en los límites, es ser nuestros caminos aun ya en caminos.
Ser uno quizá no es sólo enfrentarse a qué somos, sino también a qué y/o para qué queremos ser.
¿Se es uno mismo mientras somos con los demás? ¿Hasta qué punto los demás también nos hacen, nos constituyen?
¿Ser uno mismo es solamente escucharnos a nosotros? ¿Dejamos de ser nosotros por escuchar a los demás?
Todo interrogante invita a una respuesta, pero no todo respuesta debe ser extrema, única, sin más posibilidades que ella misma. A veces lo mejor posición adoptada es aquella que no se define, aquella que siempre queda abierta a una nueva variante, a una nueva posibilidad.
En nuestra búsqueda de ser uno mismo, mucho hay para aceptar, aunque también para rechazar.
Ser uno mismo es una equilibrada rebelión, un equilibrado y constante desafío, ser uno es un inconmensurable arte.
Ser uno es la voz que no se impone, pero tampoco calla, hallar libertad en los límites, es ser nuestros caminos aun ya en caminos.
Ser uno quizá no es sólo enfrentarse a qué somos, sino también a qué y/o para qué queremos ser.
miércoles, julio 11, 2007
Acerca de la reflexión
¿Qué palabras, qué escrito, qué expresión es mejor a la hora de reflexionar? ¿Existen parámetros en los cuales se pueda "encasillar" la reflexión? ¿Dónde habita la reflexión, cuál es su morada?
Un análisis minucioso y detallado es reflexionar, intentando trasnmitir ideas claras y concisas. Pero una metáfora, un poema, también es una reflexión, aunque no siempre transmita algo claro y conciso, o por lo menos queda más librado a la libre interpretación.
Llegamos a la reflexión, pero la reflexión también nos llega, ¿pero cómo retenerla, cómo conservala, bajo qué "formato"?
La reflexión es un puente que une realidades, que más allá de los colores y ornamentaciones quizá lo único que importe sea que no se deje de transitar.
Un análisis minucioso y detallado es reflexionar, intentando trasnmitir ideas claras y concisas. Pero una metáfora, un poema, también es una reflexión, aunque no siempre transmita algo claro y conciso, o por lo menos queda más librado a la libre interpretación.
Llegamos a la reflexión, pero la reflexión también nos llega, ¿pero cómo retenerla, cómo conservala, bajo qué "formato"?
La reflexión es un puente que une realidades, que más allá de los colores y ornamentaciones quizá lo único que importe sea que no se deje de transitar.
jueves, junio 07, 2007
Cuando la apariencia lo es todo
Cada ámbito o contexto en el cual nos hallamos, nos “exige” que seamos de una determinada manera, y en la mayoría de los casos esa exigencia, que podríamos llamar de “actitud”, también debe acompañarse por una exigencia de “apariencia”.
Siguiendo esta línea argumentativa podemos decir que esta exigencia de apariencia es la que nos viste, nos hacer usar determinadas marcas, ir a determinados lugares, etc. Y por supuesto que sí, también se dan los casos en los que esta “exigencia de apariencia” no es más que un simple “modo de vida”, que para quien así lo vive no hay nada de “exigente”. Más de uno conocemos a este tipo de personas, que no ven nada de “malo” en su “estilo de vida”.
Supongo que la apariencia en cierto punto es casi inevitable; a un trabajo por lo general no se puede ir como uno quiere y hacer lo que queramos; incluso el uso de la tecnología no es tan fácil de soslayar en este tipo de contextos.
El problema creo que aparece cuando contextos o ámbitos “no exigentes” comienzan a serlos; cuando empieza a importar la marca y el precio, y no la comodidad y el gusto que uno tiene.
Pero hay otro problema aún más grave: ya no cuando nos exigen, sino cuando nosotros mismos nos exigimos, con la creencia (por supuesto, ampliamente sustentada por diversos ámbitos sociales) de que si no tenemos tal o cual cosa, o si no somos de tal o cual manera, nos excluirán, no nos “valorarán”. Claro está que prácticamente nadie admitirá que es de esa manera sólo para pertenecer o sentirse incluido. Pero quizá baste reflexionar sobre lo que uno quiere y para qué.
La apariencia no es “mala”, quizá mientras haya una “esencia” debajo, mientras podamos hallar a alguien detrás de esa ropa de moda o de la tecnología de avanzada.
Esa “esencia” a la que me refiero no es otra que aquella que nos hace saber que somos algo más que lo que vestimos, usamos, compramos, etc.
¿Cuántos se animarían a despojarse de sus “estilos de vida”, de todos sus superfluos ornamentos? Lo ideal sería que todos, y que todos seamos aceptados, incluso -y quizá principalmente-, por nosotros mismos, por lo que somos y no por lo que tenemos.
Siguiendo esta línea argumentativa podemos decir que esta exigencia de apariencia es la que nos viste, nos hacer usar determinadas marcas, ir a determinados lugares, etc. Y por supuesto que sí, también se dan los casos en los que esta “exigencia de apariencia” no es más que un simple “modo de vida”, que para quien así lo vive no hay nada de “exigente”. Más de uno conocemos a este tipo de personas, que no ven nada de “malo” en su “estilo de vida”.
Supongo que la apariencia en cierto punto es casi inevitable; a un trabajo por lo general no se puede ir como uno quiere y hacer lo que queramos; incluso el uso de la tecnología no es tan fácil de soslayar en este tipo de contextos.
El problema creo que aparece cuando contextos o ámbitos “no exigentes” comienzan a serlos; cuando empieza a importar la marca y el precio, y no la comodidad y el gusto que uno tiene.
Pero hay otro problema aún más grave: ya no cuando nos exigen, sino cuando nosotros mismos nos exigimos, con la creencia (por supuesto, ampliamente sustentada por diversos ámbitos sociales) de que si no tenemos tal o cual cosa, o si no somos de tal o cual manera, nos excluirán, no nos “valorarán”. Claro está que prácticamente nadie admitirá que es de esa manera sólo para pertenecer o sentirse incluido. Pero quizá baste reflexionar sobre lo que uno quiere y para qué.
La apariencia no es “mala”, quizá mientras haya una “esencia” debajo, mientras podamos hallar a alguien detrás de esa ropa de moda o de la tecnología de avanzada.
Esa “esencia” a la que me refiero no es otra que aquella que nos hace saber que somos algo más que lo que vestimos, usamos, compramos, etc.
¿Cuántos se animarían a despojarse de sus “estilos de vida”, de todos sus superfluos ornamentos? Lo ideal sería que todos, y que todos seamos aceptados, incluso -y quizá principalmente-, por nosotros mismos, por lo que somos y no por lo que tenemos.
sábado, mayo 19, 2007
Acerca del consumismo
A esta altura del presente resulta casi innegable que un mundo consumista nos acosa; marcas y productos expandidos de manera mundial; un mercado para cada tipo de persona; modas; tendencias; todo con un único fin: el consumo.
Todo lo nombrado quizá no sorprenda a nadie, pero creo que lo que debería de sorprender son los cada vez más explícitos métodos de persuasión (llamados “publicidad”), que no sólo parecieran ser un inofensivo eslogan de determinada empresa o mercado, sino tal vez la más nefasta de las concepciones del individuo. Paso a ejemplificar.
Me he topado con un comercio cuyo nombre o lema es: “dime cómo vistes…”, dejando los puntos suspensivos, pero que, siguiendo el conocido refrán, no es difícil darse cuenta del resultante: “… y te diré cómo eres”.
Este “dime cómo vistes (o a qué lugares vas, o qué compras, etc.)” pareciera definir al individuo de hoy, un pobre enajenado que todo lo quiere (y debe) conseguir; sino no será “nada”.
La cantidad, principalmente de costo monetario, hoy pareciera hacer a la calidad y también a nuestro “status”.
Aquel díctum sartreano de “somos lo que hacemos (y no lo que podríamos hacer)” con facilidad lo podemos traducir como “somos lo que consumimos (y no lo que podríamos consumir)”.
Todo lo nombrado quizá no sorprenda a nadie, pero creo que lo que debería de sorprender son los cada vez más explícitos métodos de persuasión (llamados “publicidad”), que no sólo parecieran ser un inofensivo eslogan de determinada empresa o mercado, sino tal vez la más nefasta de las concepciones del individuo. Paso a ejemplificar.
Me he topado con un comercio cuyo nombre o lema es: “dime cómo vistes…”, dejando los puntos suspensivos, pero que, siguiendo el conocido refrán, no es difícil darse cuenta del resultante: “… y te diré cómo eres”.
Este “dime cómo vistes (o a qué lugares vas, o qué compras, etc.)” pareciera definir al individuo de hoy, un pobre enajenado que todo lo quiere (y debe) conseguir; sino no será “nada”.
La cantidad, principalmente de costo monetario, hoy pareciera hacer a la calidad y también a nuestro “status”.
Aquel díctum sartreano de “somos lo que hacemos (y no lo que podríamos hacer)” con facilidad lo podemos traducir como “somos lo que consumimos (y no lo que podríamos consumir)”.
martes, mayo 01, 2007
“Si no existieras te inventaría”
En un primera instancia algunas dudas me suscita esta frase; luego de pensarlo un poco creo que mí posición no resultaba del todo sólida, o por lo menos dejaba entrever la fragilidad de ciertos argumentos, y como se puede suponer, si ciertos argumentos resultan débiles la conclusión que de ellos se desprenda difícilmente pueda esgrimir algún tipo de solidez.
Instantes de ocio imperan en estos momentos, por lo que reconstruiré mí primera posición ante dicha frase, para, por último, presentar la que considero más certera, o por lo menos más representativa de lo que, en un determinado contexto, se quiso expresar.
* Primer análisis de la frase (un tanto negativo si se quiere)
“Si no existiera te inventaría.”
La frase es una especie de condicional-causal, y a esto lo vemos claramente con la formulación “si no… te…”. Los puntos suspensivos pueden ser llenados con lo que se nos ocurra, p. ej., “si no haces la tarea te prohíbo mirar tele”; “si no comés todo te quedás sin postre”, etc. En otras palabras, una acción es determinante (causal) de otra.
Con respecto a nuestra frase lo que se condiciona es la existencia de alguien (“si no existieras…”), y seguidamente la consecuencia de que ello sea así (“…te inventaría.”).
Ahora bien, la cuestión creo que podría ser la siguiente: ¿puede ser algo inventado de la nada? En una respuesta rápida se podría decir que sí. Lo que en todo caso no sería tan sencillo de sostener es que lo inventado (a partir de la nada) se corresponda (es decir, se parezca o se asemeje) a lo efectivamente existido; podría ser algo muy parecido pero sin duda nunca lo mismo. ¿Y qué consecuencia nos podría traer esto? Pero antes de responder esta pregunta intentaré ampliar un poco más la situación de aquello que se inventa.
Lo que se inventa sería algo así como abstracto, es decir, no tendría una forma determinada (puesto que no se podría parecer a nada, dado que ese algo a lo que se podría parecer no existe). Y si fuera una abstracción no podría ser hallado en nada concreto (en ninguna cosa, en ninguna persona), o todo lo contrario: puede ser hallado en toda y cada uno de las cosas existentes (ya que no se tendría conocimiento preciso de algo particular).
Supongamos que esto que se inventa sea simplemente el sentimiento que nos hace, valga la redundancia, sentir la otra persona. Entonces la situación en que podríamos encontrarnos sería más o menos la siguiente: no tengo a la persona (puesto que no existe), pero tengo el sentimiento que sentiría si existiera; pero como no existe, como no la puede hallar, no me queda más remedio que inventarla, que crearla en mí mente o en mí imaginación.
¿A qué conclusión llegamos? Principalmente a que si se inventa no podría ser nunca la persona concreta, dado que lo que se inventa es sólo un sentimiento abstracto, que de ser hallado en una persona sería prácticamente casual. Motivo por el cual, de no existir la persona, eso que se inventa no se podría corresponder con ninguna.
Entonces la gravedad de la cuestión aumenta: aquella persona (existente) podría no ser más que la que “por azar” (o simple cuestión de probabilidad) reunió aquello que de no existir inventariamos… y aquello que se inventa por lo general siempre responde a un ideal, y en cuestión de ideales podríamos decir que, justamente por su calidad de ideal, nunca podría ser tal en la realidad. Y de esto se podría desprender lo siguiente: persona=ideal; o si se quiere: existencia=invención. Es decir, se estaría equiparando lo real con lo ideal; pero por definición, lo ideal siempre permanece un paso más delante de lo real, así que en el caso de que algo no exista, es posible inventarlo, pero si se lo inventa ya no podrá ser real (posible como persona concreta), porque como se dijo, lo inventado (lo ideal) no es equiparable, igualable, a lo real.
Hasta aquí el primer análisis, veamos ahora el segundo.
* Segundo análisis.
“Si no existieras te inventaría.”
La pregunta es: ¿cómo podría ser posible que inventásemos algo que se pareciera a algo que no existe? Aquí (como se dijo párrafos más arriba) lo que se inventaría sería el sentimiento. Ahora bien, ¿qué características tendría este sentimiento? Aunque creo que la pregunta, para hacerla con más precisión, debería ser: ¿podría tener (estos sentimientos inventados) las mismas características que las que se hallan en la persona?
Una respuesta que lisa y llanamente se puede dar es que sí, que esto es posible [en realidad es discutible, pero vamos a suponer que estamos de acuerdo con esta respuesta]. Entonces lo que nos quedaría por intentar ver es cómo esto podría ser posible.
Con la frase lo que básicamente se quiere decir es que si te tuviera que inventar, sin duda que lo inventado sería igual a vos. Y esta igualdad quizá sólo sea posible al ser realmente única la persona.
Ahora bien, se me podrá decir que todos somos únicos, y si lo dicho es así, esa invención que se haría se podría ajustar a cualquiera. Pero no es así. La invención (producto de un ideal) es única, y si esta persona llegase a existir, también lo sería; por lo que, en el caso contrario, es decir, en el caso de no existir, se la podría inventar, con la seguridad de que si llegase a existir sería la misma.
Instantes de ocio imperan en estos momentos, por lo que reconstruiré mí primera posición ante dicha frase, para, por último, presentar la que considero más certera, o por lo menos más representativa de lo que, en un determinado contexto, se quiso expresar.
* Primer análisis de la frase (un tanto negativo si se quiere)
“Si no existiera te inventaría.”
La frase es una especie de condicional-causal, y a esto lo vemos claramente con la formulación “si no… te…”. Los puntos suspensivos pueden ser llenados con lo que se nos ocurra, p. ej., “si no haces la tarea te prohíbo mirar tele”; “si no comés todo te quedás sin postre”, etc. En otras palabras, una acción es determinante (causal) de otra.
Con respecto a nuestra frase lo que se condiciona es la existencia de alguien (“si no existieras…”), y seguidamente la consecuencia de que ello sea así (“…te inventaría.”).
Ahora bien, la cuestión creo que podría ser la siguiente: ¿puede ser algo inventado de la nada? En una respuesta rápida se podría decir que sí. Lo que en todo caso no sería tan sencillo de sostener es que lo inventado (a partir de la nada) se corresponda (es decir, se parezca o se asemeje) a lo efectivamente existido; podría ser algo muy parecido pero sin duda nunca lo mismo. ¿Y qué consecuencia nos podría traer esto? Pero antes de responder esta pregunta intentaré ampliar un poco más la situación de aquello que se inventa.
Lo que se inventa sería algo así como abstracto, es decir, no tendría una forma determinada (puesto que no se podría parecer a nada, dado que ese algo a lo que se podría parecer no existe). Y si fuera una abstracción no podría ser hallado en nada concreto (en ninguna cosa, en ninguna persona), o todo lo contrario: puede ser hallado en toda y cada uno de las cosas existentes (ya que no se tendría conocimiento preciso de algo particular).
Supongamos que esto que se inventa sea simplemente el sentimiento que nos hace, valga la redundancia, sentir la otra persona. Entonces la situación en que podríamos encontrarnos sería más o menos la siguiente: no tengo a la persona (puesto que no existe), pero tengo el sentimiento que sentiría si existiera; pero como no existe, como no la puede hallar, no me queda más remedio que inventarla, que crearla en mí mente o en mí imaginación.
¿A qué conclusión llegamos? Principalmente a que si se inventa no podría ser nunca la persona concreta, dado que lo que se inventa es sólo un sentimiento abstracto, que de ser hallado en una persona sería prácticamente casual. Motivo por el cual, de no existir la persona, eso que se inventa no se podría corresponder con ninguna.
Entonces la gravedad de la cuestión aumenta: aquella persona (existente) podría no ser más que la que “por azar” (o simple cuestión de probabilidad) reunió aquello que de no existir inventariamos… y aquello que se inventa por lo general siempre responde a un ideal, y en cuestión de ideales podríamos decir que, justamente por su calidad de ideal, nunca podría ser tal en la realidad. Y de esto se podría desprender lo siguiente: persona=ideal; o si se quiere: existencia=invención. Es decir, se estaría equiparando lo real con lo ideal; pero por definición, lo ideal siempre permanece un paso más delante de lo real, así que en el caso de que algo no exista, es posible inventarlo, pero si se lo inventa ya no podrá ser real (posible como persona concreta), porque como se dijo, lo inventado (lo ideal) no es equiparable, igualable, a lo real.
Hasta aquí el primer análisis, veamos ahora el segundo.
* Segundo análisis.
“Si no existieras te inventaría.”
La pregunta es: ¿cómo podría ser posible que inventásemos algo que se pareciera a algo que no existe? Aquí (como se dijo párrafos más arriba) lo que se inventaría sería el sentimiento. Ahora bien, ¿qué características tendría este sentimiento? Aunque creo que la pregunta, para hacerla con más precisión, debería ser: ¿podría tener (estos sentimientos inventados) las mismas características que las que se hallan en la persona?
Una respuesta que lisa y llanamente se puede dar es que sí, que esto es posible [en realidad es discutible, pero vamos a suponer que estamos de acuerdo con esta respuesta]. Entonces lo que nos quedaría por intentar ver es cómo esto podría ser posible.
Con la frase lo que básicamente se quiere decir es que si te tuviera que inventar, sin duda que lo inventado sería igual a vos. Y esta igualdad quizá sólo sea posible al ser realmente única la persona.
Ahora bien, se me podrá decir que todos somos únicos, y si lo dicho es así, esa invención que se haría se podría ajustar a cualquiera. Pero no es así. La invención (producto de un ideal) es única, y si esta persona llegase a existir, también lo sería; por lo que, en el caso contrario, es decir, en el caso de no existir, se la podría inventar, con la seguridad de que si llegase a existir sería la misma.
viernes, abril 06, 2007
Más allá de lo pendiente (hoy es cuando)
“El hombre no es más que su proyecto”, decía Sartre; o dicho de otra manera, el hombre no es más que lo que él hace; o para decirlo siguiendo las palabras de nuestro amigo: el hombre es su proyecto y no lo proyectado.
Sin embargo no hay que meditar mucho para darse cuenta que rara vez, o por lo menos para las cosas importantes, se efectúa un proyecto sin una proyección. En este momento mi proyecto son estas palabras que escribo, pero si no tuviera una proyección, un hacia dónde encausarlas, difícilmente pueda seguir una línea coherente, que dentro de todo es lo que pretendo.
Pero por más que lo proyectado esté presente, p. ej., como en este caso, la idea de escribir algo que se titule “Más allá de lo pendiente…” y empezarlo citando a Sartre, etc., no puede decir que soy mis proyecciones.
Lo que somos, lo que nos constituye, es lo que hacemos (proyectos) y no lo que creemos, aun con amplias posibilidades, que podríamos o lograríamos hacer (proyecciones).
Las cosas pendientes, ésta última palabra pareciera decirlo todo, son pendientes. Es como estar en una fila para sacar algún tipo de entrada: el hecho de estar en la fila (pendientes), no nos asegura que lo obtendremos; podrían acabarse justo cuando lleguemos a la ventanilla. Por lo que tampoco somos nuestras cosas pendientes, por más inmediatas que parezcan.
Tampoco somos nuestros logros anteriores. P. ej., que hayamos escrito 300 post no es una garantía que lleguemos al 301.
No somos más que lo presente, que lo que hoy hagamos; por eso no lo dudemos, si queremos hacer algo, hagámoslo; ya que el recuerdo de lo que hubiese sido, no será más, y justamente, que un recuerdo.
Sin embargo no hay que meditar mucho para darse cuenta que rara vez, o por lo menos para las cosas importantes, se efectúa un proyecto sin una proyección. En este momento mi proyecto son estas palabras que escribo, pero si no tuviera una proyección, un hacia dónde encausarlas, difícilmente pueda seguir una línea coherente, que dentro de todo es lo que pretendo.
Pero por más que lo proyectado esté presente, p. ej., como en este caso, la idea de escribir algo que se titule “Más allá de lo pendiente…” y empezarlo citando a Sartre, etc., no puede decir que soy mis proyecciones.
Lo que somos, lo que nos constituye, es lo que hacemos (proyectos) y no lo que creemos, aun con amplias posibilidades, que podríamos o lograríamos hacer (proyecciones).
Las cosas pendientes, ésta última palabra pareciera decirlo todo, son pendientes. Es como estar en una fila para sacar algún tipo de entrada: el hecho de estar en la fila (pendientes), no nos asegura que lo obtendremos; podrían acabarse justo cuando lleguemos a la ventanilla. Por lo que tampoco somos nuestras cosas pendientes, por más inmediatas que parezcan.
Tampoco somos nuestros logros anteriores. P. ej., que hayamos escrito 300 post no es una garantía que lleguemos al 301.
No somos más que lo presente, que lo que hoy hagamos; por eso no lo dudemos, si queremos hacer algo, hagámoslo; ya que el recuerdo de lo que hubiese sido, no será más, y justamente, que un recuerdo.
sábado, febrero 24, 2007
Cosas pendientes
“No dejes para mañana lo que se pueda hacer hoy”; ¿pero cuánto se puede hacer hoy?, ¿cuándo es ese mañana?
He notado que tengo más cosas pendientes que las que efectivamente realizo; más planes que concreciones; más ideas volando que una en mano.
A veces es bueno contar con una diversidad de horizontes, dado que sea cuál sea la dirección por la que se vaya algo de lo querido se habrá obtenido. Pero esto es sólo un ilusivo consuelo, el último falso aliento de quien se sabe que ha fracasado.
Ambicionar mucho tiene sus consecuencias. El caminante puede obtener su triunfo al compararse con otros, pero sin duda tendrá su defraude a él mismo saber a dónde no pudo llegar.
Pero allí está siempre la realidad, esa mezcla, o tal vez resultado, de lo que queremos hacer, de lo que podemos hacer y de lo que, entre caminos truncos y conformistas, hacemos.
He notado que tengo más cosas pendientes que las que efectivamente realizo; más planes que concreciones; más ideas volando que una en mano.
A veces es bueno contar con una diversidad de horizontes, dado que sea cuál sea la dirección por la que se vaya algo de lo querido se habrá obtenido. Pero esto es sólo un ilusivo consuelo, el último falso aliento de quien se sabe que ha fracasado.
Ambicionar mucho tiene sus consecuencias. El caminante puede obtener su triunfo al compararse con otros, pero sin duda tendrá su defraude a él mismo saber a dónde no pudo llegar.
Pero allí está siempre la realidad, esa mezcla, o tal vez resultado, de lo que queremos hacer, de lo que podemos hacer y de lo que, entre caminos truncos y conformistas, hacemos.
sábado, febrero 10, 2007
¿Para quién escribiremos?
La escritura, esa especie de mágicos signos que incluso con la mayor sencillez nos deleitan y sorprenden.
Las palabras se suceden una tras otras como aquellas pequeñas pinceladas del pintor; algunas tienen sentido, otras simplemente lo van adquiriendo, pero todas con la inconfundible certeza que les permite ser, aun en la incertidumbre.
Un mundo se oculta tras ellas, y en muchas ocasiones ellas insisten en ocultar otro; en ocasiones lo logran, pero en otras lo destruyen, porque no hay más trágica metáfora que la metáfora real.
Realidad y palabras son nuestra prisión, y en los más arrojados delirios de libertad se halla nuestra expresión…
¿Pero para quién escribiremos, para quiénes son nuestras palabras? A veces, en la multitud, puede ser uno solo nuestro destinatario, aunque éste tal vez ni siquiera lo sepa; otras veces quizá lo sepa, pero quizá no sea precisamente éste quien nos comprenda…
Las palabras se suceden una tras otras como aquellas pequeñas pinceladas del pintor; algunas tienen sentido, otras simplemente lo van adquiriendo, pero todas con la inconfundible certeza que les permite ser, aun en la incertidumbre.
Un mundo se oculta tras ellas, y en muchas ocasiones ellas insisten en ocultar otro; en ocasiones lo logran, pero en otras lo destruyen, porque no hay más trágica metáfora que la metáfora real.
Realidad y palabras son nuestra prisión, y en los más arrojados delirios de libertad se halla nuestra expresión…
¿Pero para quién escribiremos, para quiénes son nuestras palabras? A veces, en la multitud, puede ser uno solo nuestro destinatario, aunque éste tal vez ni siquiera lo sepa; otras veces quizá lo sepa, pero quizá no sea precisamente éste quien nos comprenda…
domingo, enero 21, 2007
Acerca de la infidelidad
Sin duda el tema de la fidelidad o infidelidad pasa por muchos planos, pero como comúnmente cuando oímos estas palabras las asociamos a una relación de pareja será en este sentido en el que me gustaría hacer algunas observaciones.
Ser fiel es como adquirir un compromiso no sólo con la otra persona sino también con uno mismo. Pero es un compromiso avalado sólo por la buena fe, no hay nada más que nos controle o que nos obligue a cumplirlo más que nosotros mismos.
Adquirir un compromiso como este no sólo significa que la otra persona ha depositado su confianza en nosotros, sino que también nosotros la hemos depositado en ella (esto en el caso que ambas partes sean sinceras, porque bien uno de los dos puede no serlo).
Pero ahora viene el tema de la a veces tan confusa cuestión de límites: ¿hasta dónde llega la fidelidad, o dicho mejor de otra manera: dónde empieza la infidelidad?, ¿uno es infiel cuando el hecho se consuma o ya lo está siendo con la urdidura previa al acto?, ¿somos infiel con la concreción o sólo con la intención?
En las últimas dos interrogaciones que formulé sin duda pueden darse ambas juntas, pero también pueden darse por separo. Tomaré la situación en que se dan por separado, ya que si se dan ambas no creo que haya mucho más para agregar.
En cierto punto no es lo mismo hablar de concreción, o acto, y de intención; uno puede hacer algo sin que por ello haya una intención por detrás (sé que es objetable, pero pido que por el momento se me conceda la afirmación), y contrariamente, uno puede tener una intención que no necesariamente culmine en la realización. Pero estas distinciones poco parecieran importar cuando se está en una situación de infidelidad.
Pero tomando concreción e intensión por separado, ¿cuál es la peor infidelidad? A primera vista se diría que la concreción. Pero si la concreción no está acompañada de intención, ¿no sería lo mismo que decir “hola” a cualquier persona? E inversamente, la intención puede no estar acompañada de la concreción y sin embargo ser aún peor que ésta.
Podríamos resumir lo dicho expresándolo de la siguiente manera: si no hay sentimiento cualquier hecho no es más que un hecho vacío. La intensión sería el sentimiento, la concreción el hecho.
Sin duda no podemos ir y decirle a nuestra pareja que todo lo sucedido no fue más que un hecho vacío y que todos los sentimientos sentidos estando inalterables.
Siguiendo este argumento podríamos decir que si estamos completamente seguros de nuestros sentimientos no hay nada, ninguna seguidilla de adulterios, que lo modificasen, y que, en conclusión, seguimos siendo fieles, por más que mantengamos alguna furtiva relación con otra u otras personas.
Pero aquí, como se ve, todo depende de la definición de fidelidad o infidelidad con la que contemos. Pero nuevamente, con dificultad, o una asombrosa y desmedida osadía, podemos ir y decirle a nuestra pareja que “por definición”, al mejor estilo socrático, no somos infieles.
Ser fiel es como adquirir un compromiso no sólo con la otra persona sino también con uno mismo. Pero es un compromiso avalado sólo por la buena fe, no hay nada más que nos controle o que nos obligue a cumplirlo más que nosotros mismos.
Adquirir un compromiso como este no sólo significa que la otra persona ha depositado su confianza en nosotros, sino que también nosotros la hemos depositado en ella (esto en el caso que ambas partes sean sinceras, porque bien uno de los dos puede no serlo).
Pero ahora viene el tema de la a veces tan confusa cuestión de límites: ¿hasta dónde llega la fidelidad, o dicho mejor de otra manera: dónde empieza la infidelidad?, ¿uno es infiel cuando el hecho se consuma o ya lo está siendo con la urdidura previa al acto?, ¿somos infiel con la concreción o sólo con la intención?
En las últimas dos interrogaciones que formulé sin duda pueden darse ambas juntas, pero también pueden darse por separo. Tomaré la situación en que se dan por separado, ya que si se dan ambas no creo que haya mucho más para agregar.
En cierto punto no es lo mismo hablar de concreción, o acto, y de intención; uno puede hacer algo sin que por ello haya una intención por detrás (sé que es objetable, pero pido que por el momento se me conceda la afirmación), y contrariamente, uno puede tener una intención que no necesariamente culmine en la realización. Pero estas distinciones poco parecieran importar cuando se está en una situación de infidelidad.
Pero tomando concreción e intensión por separado, ¿cuál es la peor infidelidad? A primera vista se diría que la concreción. Pero si la concreción no está acompañada de intención, ¿no sería lo mismo que decir “hola” a cualquier persona? E inversamente, la intención puede no estar acompañada de la concreción y sin embargo ser aún peor que ésta.
Podríamos resumir lo dicho expresándolo de la siguiente manera: si no hay sentimiento cualquier hecho no es más que un hecho vacío. La intensión sería el sentimiento, la concreción el hecho.
Sin duda no podemos ir y decirle a nuestra pareja que todo lo sucedido no fue más que un hecho vacío y que todos los sentimientos sentidos estando inalterables.
Siguiendo este argumento podríamos decir que si estamos completamente seguros de nuestros sentimientos no hay nada, ninguna seguidilla de adulterios, que lo modificasen, y que, en conclusión, seguimos siendo fieles, por más que mantengamos alguna furtiva relación con otra u otras personas.
Pero aquí, como se ve, todo depende de la definición de fidelidad o infidelidad con la que contemos. Pero nuevamente, con dificultad, o una asombrosa y desmedida osadía, podemos ir y decirle a nuestra pareja que “por definición”, al mejor estilo socrático, no somos infieles.
viernes, diciembre 08, 2006
Acerca de lo abstracto
Dos cuestiones son a las que me gustaría referirme en esta ocasión; una es el tema de lo abstracto, o más precisamente, del pensamiento abstracto; y la otra es el tema del compromiso.
Me ha pasado de estar en un debate en el cual se hablaba de hasta qué punto el lenguaje era parte de la realidad, hasta dónde podía reflejarla y hasta dónde nos ayudaba a comprenderla.
Estos planteos se iban perfilando hacia la necesidad de un mayor compromiso por parte del escritor.
Al fusionar lenguaje-realidad y compromiso se estaba hablando de cosas concretas, de realidades y situaciones determinadas.
Según algunos apuntes que había tomado mis intervenciones se dirigirían a lo siguiente: ¿el lenguaje es parte de la realidad, o, más bien, la constituye?, ¿la realidad se refleja en el lenguaje o es el lenguaje quien pretende reflejarla?,etc. Como se nota mi planteo era un claro planteo abstracto.
Sentí que si bien mi posición era filosóficamente argumentable y sostenible no hacia a la cuestión. Sentí como si ante una urgente necesidad económica de una persona, uno se le pone a plantear la errada concepción de la Bolsa de Comercio o del Mercado de Valores. Esa persona tiene un problema concreto y mínimamente necesita una respuesta concreta.
Los interrogantes son: ¿se desvincula lo abstracto de lo concreto, de lo real? Y si es así, ¿pensar lo abstracto es descomprometerse, desvincularse de lo real?
Y de esto otra importante cuestión: ¿todo compromiso debe estar a un mismo nivel? Es decir, ¿todos debemos comprometernos de la misma manera?
En mi opinión considero que al todos vivir en sociedad cumplimos un rol, y éste no es sólo uno, dado que no vivimos las 24hs frente a libros, monitores o laboratorios, por lo que desvinculación, en el sentido estricto de la palabra, difícilmente la haya.
Todos contribuimos a nuestra manera y desde nuestros lugares; es cierto que, p. ej., no es del todo necesario que sepamos qué es el Bien, o si existe un Bien en sí, para que a nuestros actos los podamos llamar “bien”. Sin embargo creo que no es una cuestión a dejar de lado, ya que de lo contrario quizá más de un sector se autodenomine poseedor de ciertas verdades, cuando en realidad quizás estas “verdades” ni siquiera existan.
Me ha pasado de estar en un debate en el cual se hablaba de hasta qué punto el lenguaje era parte de la realidad, hasta dónde podía reflejarla y hasta dónde nos ayudaba a comprenderla.
Estos planteos se iban perfilando hacia la necesidad de un mayor compromiso por parte del escritor.
Al fusionar lenguaje-realidad y compromiso se estaba hablando de cosas concretas, de realidades y situaciones determinadas.
Según algunos apuntes que había tomado mis intervenciones se dirigirían a lo siguiente: ¿el lenguaje es parte de la realidad, o, más bien, la constituye?, ¿la realidad se refleja en el lenguaje o es el lenguaje quien pretende reflejarla?,etc. Como se nota mi planteo era un claro planteo abstracto.
Sentí que si bien mi posición era filosóficamente argumentable y sostenible no hacia a la cuestión. Sentí como si ante una urgente necesidad económica de una persona, uno se le pone a plantear la errada concepción de la Bolsa de Comercio o del Mercado de Valores. Esa persona tiene un problema concreto y mínimamente necesita una respuesta concreta.
Los interrogantes son: ¿se desvincula lo abstracto de lo concreto, de lo real? Y si es así, ¿pensar lo abstracto es descomprometerse, desvincularse de lo real?
Y de esto otra importante cuestión: ¿todo compromiso debe estar a un mismo nivel? Es decir, ¿todos debemos comprometernos de la misma manera?
En mi opinión considero que al todos vivir en sociedad cumplimos un rol, y éste no es sólo uno, dado que no vivimos las 24hs frente a libros, monitores o laboratorios, por lo que desvinculación, en el sentido estricto de la palabra, difícilmente la haya.
Todos contribuimos a nuestra manera y desde nuestros lugares; es cierto que, p. ej., no es del todo necesario que sepamos qué es el Bien, o si existe un Bien en sí, para que a nuestros actos los podamos llamar “bien”. Sin embargo creo que no es una cuestión a dejar de lado, ya que de lo contrario quizá más de un sector se autodenomine poseedor de ciertas verdades, cuando en realidad quizás estas “verdades” ni siquiera existan.
martes, junio 13, 2006
"El pensamiento crea realidad"
“El pensamiento crea realidad”, tal era la paráfrasis que un compañero de trabajo le gustaba enarbolar. Según la explicación, ya se puede entrever, consistiría en lo siguiente: todo cuanto ocurre pareciera estar asociado o relacionado con la concepción que uno tenga; así pareciera que es uno quien determina ciertas situaciones. Y la manera de determinar estas situaciones sería por medio del pensamiento.
Así, p. ej., cuando uno salió unos minutos retrazados, piensa en todo el camino que va a llegar tarde, y es más, hasta nos empezamos a percatar de hechos que parecieran ocurrir con el solo propósito que lleguemos tarde: notamos que el tráfico avanza más lento, que (si vamos en colectivo) el chofer no tiene la más mínima intención de apurarse, o bien que en cada esquina nos debemos detener por culpa de un semáforo, cosa que sólo ahora, que uno está apurado, pareciera suceder (suceder con más frecuencia de lo habitual), etc. En suma, terminamos llegando tarde.
¿El pensamiento creó esa realidad? Si no hubiéramos pensado, a todo momento, que llegábamos tarde, ¿hubiéramos llegado tarde? Quizá sí, pero quizá no hubiéramos notado todas las situaciones y hechos que parecieran haberse confinado en nuestra contra. Entonces nuevamente la pregunta: ¿el pensamiento creó esas realidades?
Es sabido que muchas veces uno ve lo que quiere ver, y si uno quiere ver que va a llegar tarde, quizá sin duda lo va a ver.
Pero todo lo dicho no se ajusta a lo que mí compañero quería reflejar, el empleo que él daba a esta paráfrasis era, por decirlo así, positivo. Lo que intentaba hacer es que nosotros no tuviéramos en mente un “no, me van a decir que no” o un “no, no me va a salir”, puesto que si pensábamos eso posiblemente crearíamos esa realidad; más bien debíamos tener en mente un “sí, me a ir bien… me va a salir…”, etc. Era muy estimulante porque al estar uno convencido de ello prácticamente no notaba los “fracasos”.
Pero con el tiempo fui notando otra cosa: que la verdad, cuando uno tiene un pensamiento negativo, crea una realidad negativa, pero cuando uno los tiene positivo no siempre la realidad nos acompaña. ¿La diferencia? Tal vez con el positivo caminamos un poco más. ¿Una conclusión? La prudencia en las expectativas tal vez sea el mejor de los imparciales pensamientos.
Así, p. ej., cuando uno salió unos minutos retrazados, piensa en todo el camino que va a llegar tarde, y es más, hasta nos empezamos a percatar de hechos que parecieran ocurrir con el solo propósito que lleguemos tarde: notamos que el tráfico avanza más lento, que (si vamos en colectivo) el chofer no tiene la más mínima intención de apurarse, o bien que en cada esquina nos debemos detener por culpa de un semáforo, cosa que sólo ahora, que uno está apurado, pareciera suceder (suceder con más frecuencia de lo habitual), etc. En suma, terminamos llegando tarde.
¿El pensamiento creó esa realidad? Si no hubiéramos pensado, a todo momento, que llegábamos tarde, ¿hubiéramos llegado tarde? Quizá sí, pero quizá no hubiéramos notado todas las situaciones y hechos que parecieran haberse confinado en nuestra contra. Entonces nuevamente la pregunta: ¿el pensamiento creó esas realidades?
Es sabido que muchas veces uno ve lo que quiere ver, y si uno quiere ver que va a llegar tarde, quizá sin duda lo va a ver.
Pero todo lo dicho no se ajusta a lo que mí compañero quería reflejar, el empleo que él daba a esta paráfrasis era, por decirlo así, positivo. Lo que intentaba hacer es que nosotros no tuviéramos en mente un “no, me van a decir que no” o un “no, no me va a salir”, puesto que si pensábamos eso posiblemente crearíamos esa realidad; más bien debíamos tener en mente un “sí, me a ir bien… me va a salir…”, etc. Era muy estimulante porque al estar uno convencido de ello prácticamente no notaba los “fracasos”.
Pero con el tiempo fui notando otra cosa: que la verdad, cuando uno tiene un pensamiento negativo, crea una realidad negativa, pero cuando uno los tiene positivo no siempre la realidad nos acompaña. ¿La diferencia? Tal vez con el positivo caminamos un poco más. ¿Una conclusión? La prudencia en las expectativas tal vez sea el mejor de los imparciales pensamientos.
sábado, junio 03, 2006
Acerca del mostrarse como somos
Y aquellas palabras quedaron resonando: “¿por qué no te mostrás como sos?”.
Hoy mí objetividad al escribir quizá se vea comprometida, por lo menos quizá me cueste separar aquello que quisiera exponer de lo que tal vez no debería justificar.
Entonces la pregunta es: ¿podemos mostrarnos como somos?, y en todo caso ¿qué es lo que somos? Recuerdo que Sábato hablaba de que todos llevamos máscaras, máscaras que nunca son las mismas, o mejor dicho, que van cambiando de acuerdo al papel que nos toca; así, en una misma persona, podemos encontrar, dice Sábato, la máscara de profesor, de alumno, de padre, de hijo, de esposo, de amigo… Y esto no es difícil de comprobar, puesto que no somos los mismos cuando estamos en un contexto que cuando estamos en otro. Me cuesta imaginarme a ese serio empresario jugando con sus hijos en una plaza, o haciendo chistes con amigos; ¿pero cuál de todas estas máscaras será él?
Sábato se pregunta qué máscaras nos pondremos cuando estamos en la más completa soledad, cuando no tenemos que ser nada ante nadie, cuando nada nos exige que seamos de determinada manera.
¿Sólo podremos ser lo que somos cuando nada ni nadie nos exija ser de alguna manera? ¿Sólo podremos mostrarnos como somos a nosotros mismos?, pero en todo caso, ¿nos mostraríamos como somos, o como nos gustaría ser? O aún más trágicamente: ¿somos algo?, ¿hay algo debajo de todas esas máscaras, o seremos como aquel Caballero invisible, que describe Cervantes, que sólo puede “existir” cuando tiene puesta su armadura, o en este caso, su máscara? ¿Seremos una máscara, o será que somos todas?
¿Nos encontraremos en alguna parte, o todas las partes conformaran un todo?
Hoy mí objetividad al escribir quizá se vea comprometida, por lo menos quizá me cueste separar aquello que quisiera exponer de lo que tal vez no debería justificar.
Entonces la pregunta es: ¿podemos mostrarnos como somos?, y en todo caso ¿qué es lo que somos? Recuerdo que Sábato hablaba de que todos llevamos máscaras, máscaras que nunca son las mismas, o mejor dicho, que van cambiando de acuerdo al papel que nos toca; así, en una misma persona, podemos encontrar, dice Sábato, la máscara de profesor, de alumno, de padre, de hijo, de esposo, de amigo… Y esto no es difícil de comprobar, puesto que no somos los mismos cuando estamos en un contexto que cuando estamos en otro. Me cuesta imaginarme a ese serio empresario jugando con sus hijos en una plaza, o haciendo chistes con amigos; ¿pero cuál de todas estas máscaras será él?
Sábato se pregunta qué máscaras nos pondremos cuando estamos en la más completa soledad, cuando no tenemos que ser nada ante nadie, cuando nada nos exige que seamos de determinada manera.
¿Sólo podremos ser lo que somos cuando nada ni nadie nos exija ser de alguna manera? ¿Sólo podremos mostrarnos como somos a nosotros mismos?, pero en todo caso, ¿nos mostraríamos como somos, o como nos gustaría ser? O aún más trágicamente: ¿somos algo?, ¿hay algo debajo de todas esas máscaras, o seremos como aquel Caballero invisible, que describe Cervantes, que sólo puede “existir” cuando tiene puesta su armadura, o en este caso, su máscara? ¿Seremos una máscara, o será que somos todas?
¿Nos encontraremos en alguna parte, o todas las partes conformaran un todo?
lunes, mayo 08, 2006
Un poco de realidad
I
Estoy en esta especie de bar/comedor situado en el subsuelo de la Facultad de Filosofía y Letras; en la mesa en la cual me encuentro (mesa de madera) hay una serie de escritos y garabatos. Un peculiar dibujo me llama la atención. Es una especie de figura, como el rostro de una persona, pero realizado a partir de la yuxtaposición de cubos, rectángulos, triángulos y alguna que otro línea.
Lo primero que pienso es que algún estudiante de Artes (también se da Artes en esta Facultad, entre otras carreras) ha dejado huella de su quizá fugaz transito por esta misma mesa.
Me pregunto quién habrá sido esa persona, ¿se encontrará, tal vez, ahora presente? Podría ser cualquiera, podría estar en cualquier parte. Pero siempre anónimo, anónimo aunque hubiese puesto su nombre y apellido.
Y un buen día esta mesa dejará de estar aquí, ya sea porque se rompa, por que la cambien, porque la usen para algún depósito, etc. Y con ella desaparecerá todas estas huellas dejadas por anónimas personas, con anónimas existencias; por no hablar de sus anónimas obras, que aún existiendo quizá ya hayan dejado de hacerlo.
II
Al rato viene un amigo y se sienta a un costado, después de hablar un momento quiero compartir mí hallazgo con él, pero para no influenciar en su opinión reprimo la mía hasta decirle: “mirá que interesante, ¿qué te parece?” A lo que sin muchas vueltas me responde: “no es la gran cosa, cualquiera podría hacerlo”. Asiento con una sonrisa; y unos instantes seguidos agrego: “si fuera Picasso o Da Vinci sería considerado una obra de arte…” Peculiar aunque no llamativa injusticia cometida con más frecuencia de lo que pareciera.
Recuerdo una vez a un crítico literario (destruir) hablar de una obra. Estoy seguro que si el escritor hubiera sido Cervantes, Dostoievski o Poe (visto desde la actualidad), hubiera buscado toda una justificación a tal manera de escribir.
Con esto no quiero decir que no hayan críticos objetivos, sólo que a veces ser portador de determinado nombre y apellido pareciera tener su propio peso (aunque a veces éste también sea en contra).
Poco pareciera que nos depara a las personas anónimas y a todo lo que podemos hacer. ¿Pero es eso un impedimento para no hacerlo? Que la mesa en la cual dibujamos mañana ya no exista, ¿es un impedimento para que no nos manifestemos?
A veces lo único que importa es que no seamos anónimos para nosotros mismos.
Estoy en esta especie de bar/comedor situado en el subsuelo de la Facultad de Filosofía y Letras; en la mesa en la cual me encuentro (mesa de madera) hay una serie de escritos y garabatos. Un peculiar dibujo me llama la atención. Es una especie de figura, como el rostro de una persona, pero realizado a partir de la yuxtaposición de cubos, rectángulos, triángulos y alguna que otro línea.
Lo primero que pienso es que algún estudiante de Artes (también se da Artes en esta Facultad, entre otras carreras) ha dejado huella de su quizá fugaz transito por esta misma mesa.
Me pregunto quién habrá sido esa persona, ¿se encontrará, tal vez, ahora presente? Podría ser cualquiera, podría estar en cualquier parte. Pero siempre anónimo, anónimo aunque hubiese puesto su nombre y apellido.
Y un buen día esta mesa dejará de estar aquí, ya sea porque se rompa, por que la cambien, porque la usen para algún depósito, etc. Y con ella desaparecerá todas estas huellas dejadas por anónimas personas, con anónimas existencias; por no hablar de sus anónimas obras, que aún existiendo quizá ya hayan dejado de hacerlo.
II
Al rato viene un amigo y se sienta a un costado, después de hablar un momento quiero compartir mí hallazgo con él, pero para no influenciar en su opinión reprimo la mía hasta decirle: “mirá que interesante, ¿qué te parece?” A lo que sin muchas vueltas me responde: “no es la gran cosa, cualquiera podría hacerlo”. Asiento con una sonrisa; y unos instantes seguidos agrego: “si fuera Picasso o Da Vinci sería considerado una obra de arte…” Peculiar aunque no llamativa injusticia cometida con más frecuencia de lo que pareciera.
Recuerdo una vez a un crítico literario (destruir) hablar de una obra. Estoy seguro que si el escritor hubiera sido Cervantes, Dostoievski o Poe (visto desde la actualidad), hubiera buscado toda una justificación a tal manera de escribir.
Con esto no quiero decir que no hayan críticos objetivos, sólo que a veces ser portador de determinado nombre y apellido pareciera tener su propio peso (aunque a veces éste también sea en contra).
Poco pareciera que nos depara a las personas anónimas y a todo lo que podemos hacer. ¿Pero es eso un impedimento para no hacerlo? Que la mesa en la cual dibujamos mañana ya no exista, ¿es un impedimento para que no nos manifestemos?
A veces lo único que importa es que no seamos anónimos para nosotros mismos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
